Juan
Gabriel Labaké *
Por encargo del
FORO de los
ARGENTINOS
y del
FORO ARG. de
la DEUDA EXTERNA
Septiembre de 2000
I-Introducción................................................................................
3
II.- ¿Debemos pagar la
deuda?...................................................................
5
1.- La deuda, ¿fue contraída
legítimamente?...................................6
- La denuncia de Alejandro
Olmos...............................................6
- Política económica del
proceso................................................. 7
- Procedimientos bancarios con los cuales nos
endeudaron.....13
- Los avales
tramposos..............................................................16
-Los
mayores
responsables......................................................16
-Agravantes...............................................................................18
- Conclusiones del
Juez..............................................................21
2.- ¿Podemos pagar la deuda
externa?...........................................21
3.- Realmente ¿debemos algo
todavía?..........................................22
4.- Los acreedores ¿son
inocentes?................................................23
I.- INTRODUCCIÓN
Los argentinos
debemos hoy a los bancos extranjeros, al FMI, al Banco Mundial y a
otros organismos internacionales, unos
- 200.000 millones de
dólares.
150.000 millones
son de deuda pública, que deberá pagar el Estado (o sea, todos los
argentinos) en forma directa.
Los otros 50.000
millones los deben pagar, teóricamente, las empresas privadas. Pero
para eso necesitan dólares, que el Estado (el Banco Central) está
obligado por ley a proveérselos a razón de un peso por cada dólar.
En definitiva, todos nosotros deberemos cargar también con las
consecuencias de esos pagos.
La cuenta es
sencilla:
- Somos 37 millones de
habitantes.
- Cada uno de nosotros (aún
los chicos al nacer) debe 5.405 dólares a los bancos extranjeros, al
FMI y al Banco Mundial.
De ellos, 4.054
dólares los debe por la deuda pública, y 1.351 dólares por la deuda
de las empresas privadas.
- Cada jefe de familia tipo
(cuatro personas: esposos y dos hijos) deberá trabajar, pues, para
pagar 21.620 dólares.
¡Una fortuna!
Pero hay algo más:
a las tasas de hoy, cada año debemos pagar unos
- 9.500 millones de dólares de
intereses por la deuda pública,
- y otros 3.000 millones por la
deuda de las empresas privadas.
Es decir, un total
de 12.500 millones al año: unos 1.042 millones por mes.
- Eso significa que a cada uno
de los 37 millones de habitantes le corresponde pagar 28 dólares
mensuales (o más, si aumentan las tasas) durante toda la vida por
los intereses de esta deuda monstruosa.
De esa forma,
- el jefe de familia tipo está
pagando ya 112 dólares por mes de intereses de la deuda externa.
Y esto no es un
juego de números y de palabras, sino la más cruda realidad.
- El aumento de impuestos que
produjo el gobierno en diciembre de 1999, y la rebaja de los sueldos
estatales de mayo de este año, fueron medidas tomadas exclusivamente
para pagar los 9.500 millones de intereses de la deuda externa.
Obsérvese que el
déficit fiscal del Estado nacional es de unos 5.500 millones anuales
hoy en día. Es decir,
- si no tuviéramos que pagar
aquellos 9.500 millones de intereses, nos sobraría dinero (4.000
millones) en las arcas oficiales
y no habríamos
necesitado ni el impuestazo de diciembre, ni el salariazo al revés
de mayo. Al contrario, con ese dinero podríamos haber construido
escuelas y hospitales, aumentado las jubilaciones, ayudado a los
desocupados (alcanzaría para pagar un subsidio por desempleo de un
poco más de 1.800 pesos o dólares al año a todos los desocupados, es
decir, 2.200.000 planes Trabajar, en lugar de los actuales 70.000),
etc.
- Para pagar esos 9.500
millones, aún deberemos soportar otros impuestazos y salariazos al
revés, no sólo este año, sino por bastantes años más.
Por otro lado, los
economistas nacionales han calculado que el salario real ha
disminuido un 25% en los últimos 10 ó 12 años. O sea que
·
un trabajador que hoy gana $400
mensuales, debería estar ganando $530 por mes para estar igual que
en 1988.
·
Es decir, hoy gana $130 menos, y el
peso de los intereses de la deuda son unos $112. ¡Qué coincidencia!
Pero no es una
coincidencia casual.
Los gobernantes,
con la deuda y con el resto de la política económica de estos años,
provocaron voluntariamente la disminución del salario, y con ello
lograron concentrar la riqueza del país en muy pocas manos:
·
unos diez grupos económicos locales,
·
los bancos acreedores extranjeros
·
y las grandes corporaciones
multinacionales que se quedaron con casi todas las empresas públicas
y privadas (las grandes y varias medianas) argentinas.
Esos grupos, a
medida que acaparaban nuestras riquezas, exigían dólares al banco
Central para girar (fugar) la mayor parte de sus ganancias al
exterior. Más adelante veremos que el estudio de distintos rubros de
la economía argentina demuestra que la gran parte de la deuda se
debió a esa fuga de capitales al exterior. Otra parte se fugó
gracias a la llamada “bicicleta financiera”.
Lo dicho sirve
para demostrar la relación que hay entre la baja de los salarios, la
concentración de la riqueza y los efectos de la deuda externa.
- De los $130 que pierde
mensualmente cada trabajador, $112 se destinan a pagar los
intereses de la deuda (creada fundamentalmente por la fuga de
capitales),
- y los otros $18 representan
la parte de riqueza concentrada y que no fugaron... aún.
Y ése es el
aspecto más alevoso de esta historia: la deuda la estamos pagando
todos, pero benefició solamente a un puñado de grandes empresas
nacionales y extranjeras que fugaron su ganancia al exterior. Nos
quedamos sin nada, mejor dicho, sólo con la deuda.
-------------- 0 ----------------
II.- ¿DEBEMOS PAGAR LA DEUDA?
Para responder esa
pregunta adecuadamente, debemos considerar previamente cuatro
cuestiones:
1.- La deuda, ¿fue contraída
legítimamente?
2.- ¿Podemos pagarla sin provocar un
daño enorme a nuestra economía y a nuestro pueblo?
3.- ¿Realmente debemos algo todavía?
4.- Los acreedores, ¿son inocentes o
también ellos tienen su culpa en este drama nuestro?
Veamos cada uno de
esos aspectos.
1.- La deuda, ¿fue contraída
legítimamente?
La denuncia de
Alejandro Olmos
En agosto de
1982, hace justamente 18 años, Alejandro Olmos presentó una denuncia
criminal ante el Juzgado Federal Nº 2, para que se investigara el
origen de la deuda que, en ese entonces, era de unos 37.000
millones. En 1973, el gobierno de Onganía y Lanusse, dejó una deuda
externa de 8.300 millones. El gobierno constitucional la redujo a
7.100 millones al momento del golpe militar del 24 de marzo de
1976..
Olmos murió en
abril de este año, cuando faltaban pocos meses para que su denuncia
diera frutos. El juez, Dr. Jorge Ballestero, dictó sentencia en ese
juicio el 15 de julio de este año.
A dicha denuncia
de Olmos, se sumaron luego otras presentaciones judiciales similares
efectuadas por Jorge Eduardo Solá, José Alberto Deheza, José Manuel
Marino, Carlos Alberto Hours, Walter Beveraggi Allende, Carlos Saúl
Menem (en 1984, mientras era gobernador de La Rioja) y Osvaldo
Destéfani.
En los 18 años que
duró ese juicio iniciado por Olmos, se reunieron más de 6.000 hojas
con pericias, declaraciones de testigos y otras pruebas y trámites
judiciales, y se investigaron detalladamente 457 créditos aprobados
por el Banco Central, más 20 avales mal otorgados por el Banco de la
Nación y por el ex Banco Nacional de Desarrollo-BANADE.
Los principales
bancos extranjeros involucrados en esos créditos fueron el Bank of
América, Republik Bank of Dallas, Citibank, Banco de Boston, Chase
Manhatann Bank, Lloyds Bank, Wells Fargo Bank, Citicorp, Marine
Midland Bank, Banco Mundial, Unión de Bancos Árabes y Franceses,
Banco de la Sociedad Financiera Europea, D.G. Bank, Banco Europeo de
Crédito, Unión de Bancos Suizos, Banco di Roma y Banco de la Nación
Argentina. El asunto era muy “pesado” porque involucraba a los
poderosos y reales dueños de nuestro país: grandes bancos
extranjeros, FMI, Banco Mundial, grandes empresas multinacionales,
unos 10 grupos económicos argentinos enormes, y un equipo numeroso
de altos funcionarios del Proceso Militar.
Por ese motivo,
dicho juicio tardó tanto tiempo. Ningún juez se animaba a dictar
sentencia sin estar muy seguro de lo que iba a hacer. Por la misma
causa, los jueces no se conformaron con las pericias de los
contadores y economistas estables de Tribunales, que son muchos y
capaces, sino que pidieron a las más prestigiosas instituciones
nacionales de ciencias económicas que sugirieran nombres de
profesionales de primer nivel como peritos especiales.
De esa manera,
intervinieron en total 30 peritos de alta capacidad y solvencia
moral, entre los cuales se destacan el Dr. Sabatino Fiorino,
de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos
Aires; el Dr. Alberto Tandurella, del Consejo Profesional de
Ciencias Económicas de la Ciudad de Buenos Aires; el Dr. William
Leslie Chapman, de la Academia Nacional de Ciencias Económicas
(que presidía el Dr. Guillermo Walter Klein, padre del economista
del mismo nombre que estaba investigado en ese juicio); los Dres.
Héctor Valle y Osvaldo Trocca, de la Fundación de
Investigaciones para el Desarrollo Económico; el Dr. José Alberto
Deheza, ex Fiscal de Estado y ex ministro de Defensa; el Dr.
Nicolás Argentato, que en ese tiempo era rector de la
Universidad Católica de La Plata; y el Dr. Enrique García Vázquez,
que luego fue presidente del Banco Central.
El alto nivel
profesional y humano de los peritos es lo que le da tanta
importancia a sus dictámenes. Nadie puede poner en duda sus
conclusiones.
Los doctores
Valle, Trocca, Deheza, Argentato y García Vázquez investigaron
la política económica
que se aplicó entre el 24 de marzo de 1976 (fecha del golpe militar
que derrocó al gobierno constitucional) y el 10 diciembre de 1983,
día en que terminó el llamado Proceso Militar. Ahora debe
investigarse desde 1983 en adelante.
El resto de los
peritos investigó el
procedimiento técnico y bancario
que usaron los gobernantes de ese período para contraer la deuda.
Además, se tomó
declaración a 29 testigos, y se pidieron 20 informes por escrito a
otros tantos funcionarios.
La política
económica
El gobierno
militar que asumió el 24 de marzo de 1976 nombró como ministro de
Economía a José Alfredo Martínez de Hoz, el cual formó su equipo con
economistas surgidos, casi todos, de la Universidad
anglo-norteamericana de Chicago. Todos ellos se desempañaban, hasta
ese momento, como asesores y ejecutivos de bancos y empresas
extranjeras. El propio Martínez de Hoz era, y lo siguió siendo
siempre (hasta hoy), miembro del Consejo Asesor Internacional del
Chase Manhatann Bank, de propiedad de David Rockefeller y su
familia.
Al asumir el
gobierno militar, Martínez de Hoz proclamó dos objetivos centrales
de su política económica:
·
eliminar la inflación
·
y modernizar (“deconstruir”) la
industria nacional.
Obsérvese que son
los mismos dos objetivos que proclamaron en 1989 y 1991 los doctores
Carlos Menem y Domingo Cavallo.
“Deconstruir” la
industria, según Martínez de Hoz y su equipo, significaba
“destruir el aparato industrial que
ya existía, por ser ineficiente, para construir luego uno moderno y
eficiente que pudiera competir internacionalmente”.
Para alcanzar esos
dos objetivos centrales (vencer la inflación y “modernizar” la
industria), desde 1976 se dispuso:
·
Reducir drásticamente la emisión de
dinero desde el Banco Central.
·
No autorizar aumentos de tarifas de
los servicios públicos (cuyas empresas eran estatales).
·
“Abrir” la economía a las corrientes
comerciales (exportación e importación de mercaderías), para lo cual
se bajaron los impuestos a las importaciones (para obligar a bajar
los precios de los productos nacionales).
·
Decretar la libertad de movimientos
para los capitales financieros internacionales (se podía entrar y
sacar del país cualquier moneda extranjera).
No hace falta ser
economista para darse cuenta que:
·
Al reducir la emisión de dinero
nuestro, cada vez que el Estado tenía déficit fiscal, debía pedir un
préstamo al exterior. No había otro remedio, pues los argentinos no
disponían de suficientes ahorros en pesos como para prestárselos al
Estado.
·
Al no permitir aumentos en las tarifas
de los servicios públicos para cubrir los mayores costos producidos
por la inflación que seguía existiendo, las empresas del Estado
tenían obligatoriamente que pedir préstamos en el extranjero para
cubrir el bache.
·
Al bajar los impuestos aduaneros, los
productos importados desde países con menores salarios, o con
tecnologías más avanzadas, arrasaban a los nuestros y hacían
tambalear a las empresas nacionales, forzándolas a pedir préstamos
en el extranjero en su afán de salvarse de la quiebra.
·
Al decretar la libre entrada y salida
de capitales financieros, venían sobre todo los especulativos de
corto plazo (los “golondrinas”), que vienen, especulan con rapidez
y se van (fugando “libremente” sus ganancias).
En definitiva, se
adoptó intencionadamente una política económica que impulsó al país
a endeudarse en el extranjero, con o sin necesidad, y a cubrir los
subsiguientes requerimientos nuestros de créditos externos
(insistamos, artificialmente creados) con capitales especulativos
(“golondrinas”).
Por otro lado, con
el mismo argumento de bajar la inflación, Martínez de Hoz adoptó la
llamada “tablita cambiaria”, por la cual uno podía saber con varios
meses de anticipación el precio al cual el Banco Central se obligaba
a venderle esa moneda extranjera cada semana.
Finalmente, y como
era de prever, los intereses que cobraban los bancos radicados en la
Argentina eran bastante más altos que los que se cobraban en los
países desarrollados. Ese fenómeno era y es conocido por todos los
economistas, pues la inflación (la existente en forma abierta, o la
reprimida o disimulada) y la debilidad de nuestra economía “asustan”
a los inversores (sobre todo a los especulativos), los cuales exigen
mayores intereses para prestarnos sus dólares.
Todo ello dio
nacimiento a una gigantesca “bicicleta financiera” como ya veremos.
Sigamos observando
la similitud entre esa situación y la actual. La única diferencia
“técnica” es que antes se les aseguraba a los especuladores un
cambio fijo a través de la “tablita”, y hoy se lo hace con la
convertibilidad “uno a uno” entre el peso y el dólar.
De esa manera,
quien deseara o necesitara obtener un préstamo, estaba tentado, sino
obligado, a recurrir al extranjero.
El asunto se
agravó para las empresas del Estado, pues Martínez de Hoz y su
equipo, no sólo les negaron los aumentos de tarifas para cubrirse de
la inflación reinante, sino que les exigieron pedir créditos en el
extranjero, aún cuando no lo necesitaran. Cuando llegaron los
dólares al Banco Central (por ahí debían entrar siempre), el
Ministerio de Economía le dio orden de
·
no entregarlos a la empresa estatal
que los pidió, sino darle a ésta sólo los pesos correspondientes y
al cambio oficial (que era artificialmente menor que el cambio
“libre”, el “del mercado”);
·
el Banco podía, luego, retener esos
dólares en sus arcas (o depositarlos en un banco extranjero), que
pasaban así a engrosar las “reservas internacionales”;
·
también podía venderlos “en el
mercado” (a los particulares y a las empresas privadas que los
solicitaran para emplearlos casi siempre en la “bicicleta
financiera”); con ello lograban mantener la “tablita cambiaria” sin
modificaciones (en esto se empleó la gran mayoría de los dólares).
Cada empresa del
Estado fue obligada a meterse en esa trampa: YPF, YCF, SEGBA, OSN,
Aerolíneas Argentinas, etc. Todas.
De modo que
nuestras empresas públicas se endeudaron sin necesidad, pero no
vieron los dólares. El Banco Central les entregó pesos. Cuando hubo
que pagar esos créditos, las empresas públicas pidieron al Banco
Central que, al menos, les vendiera dólares al precio oficial (que
era, insistamos, mucho más barato que el dólar “libre”, el que se
compraba “en el mercado”). El Banco se los negó, a pesar de que las
empresas privadas, como ya veremos, sí compraban sus dólares al
precio oficial, pues se les había otorgado (Cavallo, en 1981) lo que
se llama “un seguro de cambio” garantizado por el Estado. Las
empresas públicas, pues, debieron comprar dólares caros, carísimos,
en el “mercado”, para pagar créditos externos que no necesitaban y
cuyos dólares no recibieron nunca. Los peritos han determinado que
YPF, por ejemplo, fue obligada a endeudarse de esa forma en 6.000
millones de dólares. Entre febrero de 1979 y marzo de 1980, YPF fue
obligada a tomar 153 préstamos en el extranjero, la mayoría con
plazos menores a los seis meses.
La prohibición de
aumentar las tarifas de los servicios, decretada por Martínez de Hoz
a pesar de la inflación vigente, junto con esta maniobra increíble,
fueron las principales responsables del déficit que soportaron las
empresas públicas. Por eso,
el juez Dr. Jorge Ballestero, al
dictar sentencia en el juicio iniciado por Alejandro Olmos, afirma
que esa deuda artificial (realmente “inventada”) de las empresas
del Estado influyó para que, luego, cuando Menem y Cavallo las
privatizaron, su precio fuera muy inferior al valor real de ellas.
A su vez, los
dólares que llegaban por los préstamos tomados forzadamente por las
empresas públicas, y volcados “al mercado” por el Banco Central,
eran aprovechados por las grandes empresas nacionales y extranjeras
y por simples especuladores para beneficiarse impunemente con la
citada “bicicleta financiera”, fomentada por la política económica.
Un “inversor” (extranjero o argentino) compraba esos dólares
baratos, los cambiaba por pesos y los colocaba en un plazo fijo a un
interés del 9% y hasta del 25%, según la época, cuando en el
exterior sólo le habrían pagado entre el 3% y el 7%.
Muchos, incluso,
pedían un préstamo en el extranjero, por el cual pagaban bajos
intereses, traían los dólares acá; los cambiaban por pesos, y
colocaban éstos a plazo fijo con elevados intereses. Al cabo de seis
meses o un año, retiraban el plazo fijo, lo volvían a transformar en
dólares, reintegraban el crédito pedido en el extranjero y se
quedaban con una suculenta ganancia que fugaban al exterior. Todo
ello, recordemos, era facilitado por la “tablita”, que aseguraba un
dólar barato y conocido de antemano, y por la libertad de
movimientos de los capitales (podían entrar y salir libremente).
Sin duda
existieron pequeños inversores (también especuladores) que hicieron
su “bicicleta” por algunos miles de dólares. Pero los miles de
millones que perdimos fueron producto de las gigantescas
“bicicletas” de grupos con mucho, muchísimo, poder económico, que en
más de un caso estaban íntimamente ligados con los más altos
funcionarios económicos del gobierno.
En este punto, el
Dr. Enrique García Vázquez aportó al Juzgado un dato de suma
importancia:
- Entre 1978 y 1981, las
remesas (giros) de dólares al exterior que no tuvieron justificativo
alguno (o sea, la fuga de capitales) sumaron en total 38.528
millones de dólares.
- Al finalizar 1981, nuestra
deuda externa era de 31.794 millones.
- Eso significa que, si las
grandes empresas nacionales y extranjeras y los especuladores no
hubieran fugado sus ganancias (obtenidas por la concentración de la
riqueza y por la “bicicleta financiera”), en diciembre de 1981, dice
el Dr. García Vázquez, nosotros ya no habríamos tenido deuda
externa, sino un sobrante de 6.734 millones de dólares.
A una conclusión
semejante llega el Dr. José Alberto Deheza, para un período cercano
al estudiado por el Dr. Vázquez.
- Entre 1976 y 1981, la deuda
creció en 27.586 millones;
- pero nuestro déficit de
cuenta corriente (exportaciones contra importaciones, más déficit en
el rubro intereses, servicios, seguros, “royaltíes”, etc.), que es
el único que crea necesidad real de pedir préstamos extranjeros, fue
de sólo 5.586 millones.
- Es decir, sobran 22.000
millones de deuda que sólo pueden explicarse por la inmensa fuga de
capitales que fomentó el gobierno.
A grandes rasgos,
ésa fue la política económica que produjo el endeudamiento hasta
1983, y que aún continúa en nuestros días. Por ese mismo motivo nos
seguimos endeudando a pasos agigantados.
Al respecto, el
licenciado Eduardo Basualdo, del Instituto de Estudio sobre Estado y
Participación-IDEP, ha efectuado un cálculo que no figura en el
fallo del juez Ballestero:
- Entre 1991 y 1998, los
empresarios recibieron 70.400 millones más de ganancias que el
promedio recibido entre 1970 y 1975, debido a la concentración de la
riqueza a que hemos aludido.
- En el mismo período fugaron
del país una cifra muy cercana: 63.400 millones.
La similitud es
por demás sugestiva.
La fuga tiene
además, actualmente, otras vertientes. Los economistas de la
Fundación de Investigaciones para el Desarrollo Económico-FIDE, han
calculado que, entre 1992 y 1997, las empresas extranjeras fugaron
disimuladamente unos 12.000 millones a través de las siguientes
maniobras (tampoco figuran en el fallo del juez):
- Cada vez que invierten una
suma de dólares acá, la hacen figurar como “préstamos de la Casa
Matriz” a su sucursal argentina, con los intereses del caso. De ese
modo fugan una buena suma disfrazada de “pago de intereses”. De
paso, esos intereses figuran como “gastos” en sus balances,
ahorrándose el correspondiente impuesto a las ganancias.
- Cuando la sucursal
argentina le compra algún insumo a su Casa Matriz, ésta se los
factura con un sobreprecio inmenso (hubo casos en que se “pagó”
1.850 dólares por el kilo de un producto cuyo precio internacional
real era de sólo 40 dólares); con ello logran igual resultado que en
el punto anterior: fugan dólares y pagan menos impuesto a las
ganancias.
- La sucursal Argentina figura
pagándole patentes (“royalties”) a su propia Casa Matriz por las
marcas y la tecnología que usa.
La conclusión es
bien clara: los dólares vinieron y se fugaron por distintos
vericuetos, para beneficio exclusivo de unos pocos “amigos” (de acá
y de afuera). Así creció nuestra deuda externa, sin dejarnos nada.
Los procedimientos
bancarios con los cuales nos endeudaron
El juez
Ballestero, en su sentencia, menciona numerosas irregularidades (en
realidad, son maniobras casi siempre delictivas) que cometieron los
responsables del Banco Central y del Ministerio de Economía para
contraer la deuda fuera de toda norma de control y a espaldas de la
gente. En el tema de los avales, también son responsables las
autoridades del Banco de la Nación y del ex Banco Nacional de
Desarrollo-BANADE. En resumen, dichas maniobras fueron las
siguientes:
1.- Muchos
préstamos fueron aprobados por el Banco Central por actas secretas
(fueron once actas en total). Cuando el juez solicitó que se las
enviaran, los responsables del Banco se negaron, y aún se niegan.
2.- “El Banco
Central no tiene registros contables de la deuda externa, y sólo
maneja los datos de ella en forma estadística”, dijo al juez su
entonces presidente, Dr. Adolfo Diz. Con el debido respeto, sólo
llevaban una libreta de almacenero donde anotaban cada crédito que
se pedía...
3.- El Ministerio
de Economía no llevaba registro alguno de la deuda, ni siquiera con
fines estadísticos.
4.- Cuando el juez
preguntó al mismo Dr. Diz dónde anotaban algunos préstamos sobre los
cuales no había ninguna documentación, ni siquiera “estadística”,
éste contestó, aunque parezca una broma, “en una libreta negra”.
5.- Los peritos se
quejaron que, tanto el Banco Central, como el Ministerio de
Economía, el Banco de la Nación y el ex BANADE, retacearon
información y pusieron obstáculos a su labor investigadora. Esos
obstáculos permanecen aún en la actualidad.
6.- El presidente
del Banco Central, Dr. Adolfo Diz, autorizó muchos créditos sin el
consentimiento del Directorio y sin rendir cuenta a éste después, a
pesar de que la Carta Orgánica del Banco así lo exige.
7.- Igual conducta
tuvo el vicepresidente, Cristian Zimmermann, con el agravante de que
no informó siquiera al presidente Diz.
8.- Además de
todas las maniobras descriptas, el Dr. Domingo Cavallo, cuando fue
presidente del Banco Central (1981), estatizó la deuda de la
empresas privadas y les otorgó un generoso seguro de cambio. Esa
medida aumentó la deuda externa pública artificialmente en 13.000
millones de dólares.
9.- Ni el
Directorio del Banco Central, ni el Ministerio de Economía,
realizaron un estudio sobre las condiciones económica y financieras
internacionales que aconsejaban no endeudar al país (sobre todo a
partir de 1979, que fue justamente el período en que más deuda
externa se contrajo).
10.- Las
autoridades de ambos organismos oficiales desoyeron los informes y
las críticas que le elevaban sus propios cuerpos técnicos (Gerencia
de Investigaciones y Estadísticas Económicas, y Gerencia del Sector
Externo), y actuaron con “negligencia, impericia e indiferencia”
ante el peligroso crecimiento de la deuda.
11.- El
acrecentamiento de la deuda externa privada y pública entre 1976 y
1982 fue “excesivo, perjudicial y carente de justificación
económica, financiera y administrativa”.
12.- La deuda se
contrajo durante un gobierno militar, sin el control del Parlamento
que exige la Constitución Nacional.
13.- Las
negociaciones con el FMI, que condicionaban el endeudamiento, no
fueron dadas a publicidad por el gobierno militar.
14.- Al 22 de
enero de 1985, las empresas privadas habían obtenidos créditos
externos, aprobados por el Banco Central, por 23.000 millones de
dólares; de entre las 70 deudoras más grandes, 26 eran bancos y
financieras, es decir, empresas que pidieron dinero para represtarlo
acá (en pesos y a tasas mucho mayores; en buena medida fueron fondos
que ingresaron a la “bicicleta financiera”).
15.- Agentes
privados (como Narciso Ocampo y Juan Peralta Ramos) gestionaron
créditos en nombre del Banco Central, sin que puedan conocerse los
motivos que hubo para esa conducta irregular y si se les pagó
comisión por ello.
16.- El Banco
Central pagó gastos, comisiones y honorarios mayores a los usuales
en cada caso, sin dar explicaciones.
17.- Se redactaron
en idioma inglés contratos de préstamos externos pactados y firmados
en Buenos Aires.
18.- La Unión de
Bancos Suizos, al otorgar algunos créditos, influyó para que el
Estado comprara la “Compañía Ítalo Argentina de Electricidad”, que
era del propio ministro de Economía, Dr. Martínez de Hoz, en
sociedad con dicho banco. Con el agravante (no figura en el fallo
del juez) de que se pagó por esa empresa un precio siete veces
superior al real (en 1975 fue tasada en 49 millones de dólares por
el gobierno constitucional, y en 1976, siendo ya ministro Martínez
de Hoz, el Estado la compró en 340 millones de dólares).
19.- El Banco
Central exceptuó al BANADE y al Banco de la Ciudad de Buenos Aires
de exigir los requisitos legales para otorgar avales a grandes
empresas que luego no pagaron sus créditos, debiendo hacerlo el
Estado.
Los avales
tramposos
Cualquier persona
o empresa que desee obtener un aval bancario, para usarlo como
garantía en la obtención de un crédito en otro banco, debe cumplir
muy estrictas normas técnicas: demostrar que tiene solvencia,
patrimonio, balances con superávit, utilidades suficientes como
para pagar el crédito, que invertirá el crédito en un proyecto
rentable, etc. Además, debe ofrecer una contragarantía al banco que
le da el aval (casi siempre, exigen una hipoteca).
Sin embargo, en la
época investigada (1976 á 1983), el Banco de la Nación, el de la
Ciudad de Buenos Aires y el BANADE, con expresa aprobación del
Ministerio de Economía y del Banco Central, otorgaron 240 avales sin
ninguna de esas exigencias. Muchos de esos avales fueron
incumplidos por los avalados, y el Estado debió cargar con el pago
del crédito correspondiente. Además, el Ministerio de Economía no
persiguió a los deudores tramposos para recuperar lo ya pagado por
el Estado (ni siquiera les inició juicio, después de tantos años).
Tampoco hizo uso del llamado “derecho de excusión”, por el cual un
avalista puede pedir al juez que primero le rematen los bienes al
deudor, y si con ellos no se alcanza a pagar la deuda, recién se
remata (o ejecuta) al avalista.
La situación de
Martínez de Hoz y su equipo se agrava al considerar los nombres de
las empresas tramposas. No son humildes PyMes, sino todas de gran
envergadura: Acindar S.A., Autopistas Urbanas S.A.-AUSA, Covimet
S.A., Parques Interama S.A., Aluar S.A., Papel Prensa S.A. (de
propiedad de los diarios Clarín y La Nación), Induclor S.A., etc.
En total se
otorgaron avales por 6.500 millones de dólares, de los cuales los
incumplidos tramposamente sumaron 1.405 millones. De aquellos 6.500
millones, unos 1.500 millones se otorgaron a un sólo grupo de
intereses: Celulosa Alto Paraná, Celulosa Puerto Piray y Papel del
Tucumán.
Los mayores
responsables
El fallo del juez
menciona a ocho responsables principales de esta verdadera estafa
cometida contra la Argentina.
En primerísimo
lugar, responsabiliza al Dr. José Alfredo Martínez de Hoz.
Inmediatamente después, sindica como responsables a los otros tres
ministros de Economía del Proceso Militar, Dres. Lorenzo Sigaut,
Roberto T. Alemann y Jorge Wehbe.
En el mismo nivel
de responsabilidad, el juez Ballestero señala a los cuatro
presidentes del Banco Central de ese período, Dres. Adolfo Diz,
Egidio Iannella, Domingo Felipe Cavallo y Julio González del Solar.
Una mención
especial merece la conducta del Dr. José Luis Machinea, que
fue Gerente de Finanzas Públicas del Banco Central durante todo el
gobierno militar. El fallo del juez lo inculpa de “incumplimiento de
sus obligaciones de funcionario público”. Los dictámenes de los
peritos son más duros aún. El Dr. Sabatino Fiorino (de la Facultad
de Derecho), en concordancia con otros peritos, llega a decir:
- ... en la tramitación de la
deuda externa hubo connivencia (de los funcionarios oficiales) con
los supuestos acreedores...
- Tengo la convicción que el
Dr. Machinea ha sido factor relevante de estos acontecimientos. Sin
su activo concurso, o su pasividad, según los casos, no hubiera sido
posible formalizar los contratos...
- ... Machinea se encargó de
fundamentar técnicamente... el endeudamiento de YPF...
- ... No es posible disimular
la falta en que ha incurrido Machinea al no revelar la arbitrariedad
de la relación entre el deudor y el acreedor.
- ... Ello hace recaer sobre
Machinea la consiguiente responsabilidad y necesidad de no
permitirle participar, en nombre del país, en negociaciones que
signifiquen la aceptación de la legitimidad de la deuda...
Otros señalados,
en forma particular, como responsables importantes son:
Cristian
Zimmermann
(ex vicepresidente
del Banco Central), Enrique Folcini y Francisco Soldati (ex
Directores del Banco Central), y Guillermo Walter Klein (ex
viceministro de Economía de Martínez de Hoz). El Dr. Klein es hijo
del economista del mismo nombre que designó al perito Dr.
Tandurella. También es, o era, socio del hijo de Mariano Grondona en
el Estudio Jurídico “Klein-Mayrald”, que fue allanado por orden de
la Cámara de Diputados de la Nación, en 1984, en búsqueda de
documentación que probara la connivencia con los bancos extranjeros
acreedores. Un juez, posteriormente, ordenó devolver la
documentación a Klein, y la investigación de Diputados quedó en la
nada.
En forma genérica,
el fallo hace responsables también a todos los funcionarios
jerárquicos del Ministerio de Economía y del Banco Central de esa
época.
Agravantes
El Dr. Ballestero
señala en su fallo que hubo circunstancias de suma gravedad que
comprometen aún más a los autores de este desastre nacional:
Primer agravante
El gobierno
(Ministerio de Economía y Banco Central) solicitaba, o hacía
solicitar créditos que no necesitábamos. Cuando llegaban los
dólares, el Banco Central los depositaba en bancos extranjeros que
le pagaban un interés sensiblemente menor al que nosotros debíamos
pagar por los mismos dólares.
Así, entre julio
y noviembre de 1976 (en sólo cinco meses), el Banco Central obtuvo
créditos por 22 millones de dólares, pagando un interés del 8,75%, y
los depositó inmediatamente en el Chase Manhatann Bank de Nueva
York, cobrando un interés del 5,60%.
Esos dólares
nuestros, puestos a un interés tan bajo, eran aprovechados luego por
el gobierno de EEUU para financiar en forma muy barata su propio
déficit fiscal. Más adelante veremos que el gobierno
anglo-norteamericano, y todos los bancos extranjeros acreedores
nuestros, más el FMI y el Banco Mundial, fueron quienes nos
“aconsejaron” (en realidad, nos forzaron a) endeudarnos entre 1976 y
1983, cuando no lo necesitábamos.
Incluso, se dio el
caso (varias veces) de recibir un crédito de un banco determinado,
para recolocarlo de inmediato en el mismo banco, el cual ganaba la
diferencia de intereses impúdicamente.
Todo ese manejo
ruinoso de créditos y depósito adquiere ribetes tenebrosos cuando se
recuerda que el Dr. Martínez de Hoz era, simultáneamente, ministro
de Economía y miembro del Consejo Asesor Internacional del Chase
Manhatann Bank de Nueva York.
Segundo agravante
En todos los
países civilizados del mundo, cuando se firma un contrato entre el
Estado y una empresa privada extranjera, y para colmo se lo firma en
el territorio de ese Estado, son los jueces de dicho país (los
locales) quienes deben intervenir si hay alguna diferencia o duda
posterior sobre lo pactado. Así estaba expresamente establecido en
nuestras leyes.
Apenas se inició
el gobierno militar, y a instancias del Dr. Martínez de Hoz, se
reformó esa norma y se permitió al gobierno contratar con grupos
privados extranjeros, dejando en manos de éstos la elección del juez
que intervendría luego en caso de pleitos. Eso se llama “prórroga de
jurisdicción”.
Es común que un
particular renuncie a ser juzgado por los Tribunales que le
corresponden por ley, pero se conocen muy pocos casos en la historia
internacional en que lo haya hecho un Estado, y esos casos son los
de los países vencidos en una guerra. Para el Estado, la facultad de
que lo juzguen sus propios jueces es irrenunciable, porque forma
parte de su poder soberano, de la soberanía nacional.
Por supuesto, cada
uno de los bancos acreedores eligió a los Tribunales de su propio
país. De ese modo, cualquier reclamo que deseemos hacer por nuestra
deuda externa debemos elevarlo a los jueces de Nueva York, en unos
casos, o de Londres, Tokio o Francfort, en otros.
Es, quizás, uno de
los más graves daños que nos han hecho, no sólo por la pérdida de
soberanía que eso significa, sino por las consecuencias económicas
que analizaremos más abajo.
Tercer agravante
Ya dijimos que el
Ministerio de Economía obligaba a las empresas públicas a endeudarse
en dólares. Muchas de ellas no poseen bienes en el extranjero, ya
sea en forma estable o transitoria. Otras sí.
A los bancos
prestamistas les convenía, para tenernos más a su disposición aún,
que todas las empresas estatales se hicieran solidariamente
avalistas entre sí, por los créditos que tomara cada una de ellas
(se denomina “entrecruzamiento de avales”). Y así lo aceptó el
ministro de Economía del gobierno militar. Todas las empresas
públicas avalaron en conjunto las deudas de cualquiera de ellas. De
ese modo, Aerolíneas Argentinas, por ejemplo (cuyos aviones vuelan,
o volaban, hacia muchos países del mundo), avaló las deudas de Obras
Sanitarias de la Nación, de SEGBA, o de alguna otra cuyos bienes
estaban sólo acá. Si el deudor (OSN o SEGBA) no pagaba algún
crédito, el banco acreedor podía embargar los aviones de Aerolíneas
en cualquier aeropuerto del mundo en que aterrizaran. Nada menos.
Cuarto agravante
El doctor Alfredo
Eric Calcagno y su hijo Eric Calcagno, han examinado (en el Archivo
General de la Nación) los expedientes de cada crédito extranjero
tomado por el gobierno argentino entre 1976 y 1983, y han
descubierto anormalidades sorprendentes en los dictámenes jurídicos
que hicieron los abogados del Banco Central y de la Procuración
General del Tesoro en cada uno de tales expedientes. Concretamente,
dichos abogados nunca objetaron una sola cláusula de esos créditos,
a pesar de todas las irregularidades que hemos señalado más arriba.
En cambio, los abogados de los propios bancos acreedores advertían a
sus clientes que los contratos de créditos al Estado argentino
tenían cláusulas objetables por las que podrían ser declarados
nulos:
a) Se habían pactado intereses
tan altos que los Tribunales de Nueva York los considerarían
usurarios.
b) Una ley de EEUU establece que
es nula la prórroga de jurisdicción que haga un Estado extranjero a
favor de un banco (o cualquier particular) anglo-norteamericano
cuando se trata de cuestiones de derecho público. Los contratos de
préstamos que se firmaron contienen muchas cláusulas de derecho
público que podrían ser anuladas por los Tribunales de EEUU.
c) Ésta es quizás la más grave:
si el Estado argentino dejaba de pagar una sola cuota de un crédito,
o sus intereses (por pequeña que fuera la cifra), vencían todos los
créditos otorgados por cualquier banco extranjero, y éstos podían
exigirnos su pago íntegro (miles de millones de dólares). Tamaña
monstruosidad fue objetada por los abogados extranjeros porque
consideraron que atentaba contra la equidad y, por lo tanto,
seguramente sería anulada por los Tribunales de EEUU.
d) Lesión gravísima: los abogados
extranjeros creen que las condiciones de los créditos son tan
ruinosos para la Argentina, que los tribunales neoyorquinos
podrían considerar que constituyen
un caso de “lesión
gravísima”, cuestión que tratamos más abajo.
La calificación
moral, jurídica y política que merecen los ministros de Economía y
los presidentes del Banco Central de esa época, y todos sus
abogados, se agrava cuando se tiene en cuenta quenunca solicitaron a
los Tribunales extranjeros correspondientes la anulación de esas
cláusulas leoninas, a pesar de que los propios abogados extranjeros
se las señalaban.
La triste
realidad, dicen los doctores Calcagno, es que nos defendían mejor
los abogados extranjeros que los oficiales.
Es
muy sugestivo que los dictámenes de los abogados argentinos son
todos iguales, hechos sobre un impreso a mimeógrafo que tiene sólo
dos lugares en blanco :uno para escribir el nombre del Banco
acreedor y otro para colocar el monto del crédito que nos otorgaban.
Sin duda tenían “órdenes de la superioridad” de aprobar todo “a
libro cerrado”, por más monstruoso que fuera.
Conclusiones del Juez Ballestero
Con toda razón, el
juez Jorge Ballestero concluye su sentencia con palabras
condenatorias y muy severas:
... el país
fue puesto desde 1976 bajo la voluntad de acreedores externos...,
bajo la supervisión del FMI y del Banco Mundial... mediante una
política económica vulgar y agraviante que puso de rodillas al
país... para beneficiar a empresas privadas nacionales y
extranjeras, en desmedro de las empresas del Estado.
A pesar de todo,
el juez no condenó a nadie, por considerar que la causa ha
prescripto (es decir, ha quedado sin efecto por el paso del tiempo:
18 años). Desde nuestro punto de vista, eso es discutible, y
trataremos que sea apelado.
Vale la pena
consignar que se nos dice permanentemente, desde los sectores
interesados, que debemos “honrar la deuda externa”. Pero,
objetivamente hablando y de acuerdo a las pruebas irrefutables
acumulados en este fallo, la que no es “honrada” es la deuda misma,
y mucho menos honrados fueron los acreedores y los funcionarios
argentinos que la contrajeron. Mal nos pueden pedir que nosotros la
honremos.
La verdad es que,
mientras no nos demuestren lo contrario, los únicos honrados en esta
verdadera tragedia nacional somos los argentinos que tenemos que
pagarla.
2.- ¿Podemos pagar la deuda externa
sin provocar un daño enorme a nuestra economía y a nuestro pueblo?
Tanto los
principios morales, como el Derecho universalmente aceptado, impiden
a un acreedor exigir el pago de sus créditos cuando ello provocaría
un daño muy grande al deudor. La sensibilidad humana ha dictado esa
regla respetada en todo el mundo. El mayor poeta y dramaturgo de
lengua inglesa (la lengua que hablan nuestros más poderosos y
exigentes acreedores) escribió hace 400 años una novela (El mercader
de Venecia) sobre la frialdad con que un acreedor insensible e
inhumano exige, como pago, “una libra de carne” del deudor, cuando
éste ya no tiene dinero para “honrar su deuda”.
Sin ningún tipo de
exageración, hoy podemos decir que los bancos acreedores se están
cobrando la deuda con una libra (o varias) de carne de nuestra
gente. Es sabido que mueren 55 niños argentinos por día, debido a la
desnutrición. No hace falta relatar los sufrimientos que soportan
nuestros abuelos jubilados, los desocupados, los subempleados, los
que salen a hacer changas para no dejar morir de hambre a su
familia, etc. Y hemos dicho ya que esas lacras sociales son
productos directos e ineludibles de los 12.500 millones de dólares
que debemos pagar de intereses anuales por la deuda externa.
Además, esa
tremenda factura de intereses se lleva casi todo el dinero que
deberíamos destinar a inversiones productivas para desarrollar
nuestra economía y crear nuevos puestos de trabajo.
Por otro lado, en
Derecho se estudia que, cuando un deudor es más débil que su
acreedor, y éste le exige sacrificios muy grandes para cumplir con
lo pactado, dicho deudor está liberado de cumplir con lo que
prometió. A ese caso se lo denomina “lesión gravísima”.
Nosotros estamos
sufriendo una auténtica situación de “lesión gravísima”. Moral y
jurídicamente estamos eximidos de pagar.
Hoy, a la luz de
lo que descubrieron los Dres. Calcagno sobre los dictámenes de los
propios abogados de los bancos extranjeros (Cuarto
agravante),
se podría estudiar alguna presentación ante los Tribunales de Nueva
York y otras ciudades.
3.- Realmente, ¿ debemos algo todavía?
La deuda comenzó a
crecer abrupta y aceleradamente a partir del 24 de marzo de 1976
(día del golpe militar). Ya veremos porqué.
En ese tiempo se
respetaba una regla no escrita, pero universalmente aceptada, sobre
el monto de los intereses: debían ser uno o dos puntos más que la
inflación que sufría la moneda en la que se daba el préstamo. En ese
entonces, un economista argentino que era nada menos que Director
General de la CEPAL (Comisión Económica Para América Latina,
perteneciente a las Naciones Unidas), el Dr. Raúl Prebisch, dijo
públicamente:
El país que acepte pagar intereses del
tres ciento sobre la inflación, se
fundirá.
En 1979, y cuando
ya nos habíamos endeudado en varios miles de millones de dólares,
EEUU decidió aumentar sustancialmente las tasas de interés del
dólar, para frenar la inflación que sufría. Hasta ese momento,
pagábamos entre el 6% y el 8% de interés. Debido a esa decisión
unilateral del gobierno anglo-norteamericano, llegamos a pagar, en
la década de 1980, hasta el 22% de interés anual. Una deuda con esa
elevadísima tasa de interés se duplica por sí sola en menos de
cuatro años. Ése fue nuestro caso.
Los Dres. Calcagno
han calculado que, si hubiéramos pagado siempre un interés de uno o
dos puntos sobre la inflación de EEUU, habríamos saldado totalmente
nuestra deuda en 1988.
El ex presidente
peruano, Alan García, por su lado, calcula que debido a esa suba
injustificada y unilateral de los intereses estadounidenses,
Latinoamérica
debía en
1979.................................................................................................191.000
millones.
Desde ese año ha
pagado intereses por
.........................................................................
.1.165.000 millones.
A pesar de lo
cual, en 1999 debía
aún.................................................................................
750.000 millones.
Esas cifras hablan
por sí solas.
Los argentinos
hemos pagado nuestra deuda entre dos y tres veces, y todavía debemos
200.000 millones.
También acá se
podría estudiar alguna acción (por usura) ante los Tribunales de
Nueva York y otros, según lo descubierto por los Dres. Calcagno.
4.- Los acreedores, ¿son inocentes o
también ellos tienen su culpa en este drama nuestro?
Dejemos hablar al
juez Dr. Ballestero:
v
Llama poderosamente la atención la
permisividad de los organismos financieros internacionales, y la
actitud concordante de la misma banca extranjera que hoy reclama a
la República Argentinas el pago de sus créditos.
v
El FMI es en la actualidad el
principal control del funcionamiento del sistema financiero
internacional.
v
Por ello, se debe determinar la
corresponsabilidad y eventual culpa de los organismos financieros
internacionales (FMI y Banco Mundial, especialmente) y de la banca
acreedora, porque durante el período examinado (1976 a 1982)
concurrieron a nuestro país muchas misiones técnicas del FMI para
analizar la marcha de la economía Argentina.
v
Además, concurrieron a nuestro país
misiones técnicas del Banco Mundial con el mismo fin y para tratar
el financiamiento de proyectos.
v
¿Qué recomendaciones realizaron el FMI
y el Banco Mundial sobre la economía Argentina y su grado de
endeudamiento externo?
v
Los bancos tenían en aquel entonces
gran interés en colocar sus fondos en los países en desarrollo, sin
interesarles ni el destino que se les daría ni la capacidad de pago
de los deudores.
v
Se concluye que los bancos acreedores,
el FMI y el Banco Mundial también actuaron con imprudencia, y dieron
créditos movidos por el afán desmedido de colocar los fondos
provenientes del auge de la explotación petrolera.
Tal como dice el
Dr. Ballestero en su fallo, en 1976, los bancos extranjeros deseaban
a toda costa colocar de alguna manera los gigantescos fondos que le
depositaban los países petroleros. En esas circunstancias,
“convencieron” a Martínez de Hoz y su equipo (y a los militares
gobernantes) que era un gran negocio pedir un préstamo al 8,75% de
interés, y colocar esos mismos dólares nuevamente en el banco
prestador al 5,60%...
Luego, cuando en
1979 EEUU necesitó subir la tasa de interés del dólar por problemas
internos suyos, el pato de la boda fuimos nosotros.
El resto es
historia reciente.
Ahora habrá que
actuar con decisión y con habilidad a la vez. El tema no es
sencillo, pero tampoco insoluble.
Lo primero que
debemos comprender es que la solución es de tipo político, no
económico. Sin el suficiente poder nacional, es inútil pretender
una salida airosa.
Soluciones hay,
pero para alcanzarlas los argentinos debemos comenzar por unirnos
organizadamente.
* Juan Gabriel
Labaké: Diputado (MC) 1973-1976, Ex Embajador, Ex Asesor
Presidencial 1989-1992, Coordinador y cofundador del FORO de los
ARGENTINOS