Ahí está erguido y
soberbio. Tiene el mundo en sus puños Sergio Maravilla
Martínez(47-2-2, 26 ko). Con su estilo de brazos caídos
y su finura boxística, el quilmeño brilla y opaca todo a
derredor. No hay cinturones, ni diamantes que puedan
eclipsarlo. No hay caso. A quién lo desafíe,
indefectiblemente, le firma el acta de defunción. Y
anoche, como de costumbre, Martínez relució como moneda
de oro bajo la lluvia.
Su víctima, esta vez, fue el ucraniano Sergiy
Dzinziruk(37-1-0, 23KO), el campeón mediano junior de la
Organización Mundial de Boxeo, que no expuso. En el GM
Grand del casino Foxwoods, Mashantucket, ante más de
cuatro mil personas, Martínez ganó por nocaut en el
octavo, y conquistó el cinturón diamante mediano del
Consejo Mundial de Boxeo (CMB). “Yo nunca elijo una
pelea fácil”, dijo en la previa. Y no mintió. Era
dificil el combate, él lo resolvió.
De pibe, laburó en los techos, para tener un techo. Hoy,
ya de grande, lo suyo sigue en las alturas. Y no tiene
techo. Está en el altillo del boxeo mundial. Martínez,
es el apellido del éxito.
“Esto es para todos los argentinos, para mi mamá Susana,
y todo Quilmes ¿La pelea? Trabajé sobre sus errores,
anulé su jab y me salió bien.“, dijo Martínez, vestido
de negro y rojo -como Colón de Santa Fe- en homanaje a
Carlos Monzón. Y agregó: “El sueño de mi vida es ser el
mejor. Quiero ser el Uno, y sé que voy a lograrlo.
Quiero a Mayweather y a Pacquiao”. El primero, suena
fuerte para combatir con Martínez el 9 de julio por HBO.
En dos semanas se definirá cuándo vuelve al ruedo el
quilmeño.
No bien comenzó todo, Martínez bailó a un Dzinziruk,
frío y duro, pero previsible. La pelea fue un auténtico
simposio de artes visuales. Es que Martínez, con un
boxeo atildado y estético, con movilidad y velocidad,
exasperó al, por entonces, respetable retador (fue
monarca amateur en 1997). La supremacía se plasmó en
todos y en cada uno de los asaltos.
En el duelo de zurdos, Martínez, con sus pasos
laterales, y boxeo contragolpeador, encontró la llave de
la pelea. “Tira más la izquierda, dale que Dzinziruk”,
le dijo Pablo Sarmiento, desde su rincón. Y vaya si lo
escuchó. Avisó en el round 2, con dos swings zurdos
exquisitos. Elaboró trabajando sobre la zona hepática. Y
en el cuarto, Martínez salió a quemar las naves. Giró su
torso hacia la derecha y conectó dos veces el voleado
zurdo. Arthur Mercante le contó a Dzinziruk que ya tenía
su rostro tatuado.
Fue en el quinto, cuando al retador lo salvó la campana.
Martínez, inteligente y astuto, sacó dos zurdazo
explosivos, cambio la estrategia y, otra vez Dzinziruk a
la lona.
Martínez volaba como una mariposa, picaba como una
abeja. Su trabajo, al mejor estilo Muhammad Alí,
despedazó mentalmente al ucraniano. Dzinziruk, en el
séptimo, le cortó a Maravilla el párpado izquierdo. Y
preocupó....
Pero apareció el campeón, enorme, como un gladiador
herido, y furibundo, Martínez se vio sangre y, en el
octavo, pulverizó a Dzinziruk. Lanzó dos veces más esa
mano fantasmal para la posteridad.
De pibe fue demonizado por sus detractores por
“cancherito”. De grande es canonizado por su estilo
único. Nació y morirá con la suya. Ese boxeo de brazos
caídos, no se cansa de levantar cinturones.
Un ídolo en Estados Unidos
Sergio Martínez se ganó al público y el respeto de los
jurados de EE.UU. Eso sí, antes debió pagar con dos
fallos injustos con Kermit Cintrón (empate; 14-2-09) y
Paul Williams (cayó por puntos 17-2-10). Al respecto,
Martínez cuenta: “Es una cosa de locos. En Las Vegas o
Nueva York debo andar con escoltas. Y no porque me vayan
a hacer daño. Sino porque los fanáticos no me dejan ni
mover. Me paso horas firmando remeras y espaldas, je”.


